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Inauguración de "Melodía encadenada"
Arte y cultura

Inauguración de "Melodía encadenada"

En su nueva serie de pinturas, Aizicovich atraviesa cuerpos flotantes y contorsionados con una línea de agua que funciona como umbral formal entre superficie y profundidad.

20/08/2026·18:00hs·Recoleta
Melodía encadenada

Desde el jueves 20 de agosto | 18 h

Artista seleccionado en la Convocatoria de Artes Visuales 2026 del CCR: Andrés Aizicovich.
Curaduría: Javier Villa.

En numerosos relatos míticos, descender hacia las profundidades supone abandonar momentáneamente el mundo conocido para regresar con un nuevo saber, una gema o una fuerza capaz de enriquecer a la comunidad. En muchas de esas narraciones, quien realiza este viaje es el “trickster”, un embaucador ambiguo que cruza fronteras, rompe reglas y establece intercambios entre mundos. En Melodía encadenada, Andrés Aizicovich (Buenos Aires, 1985) recupera la imagen de la inmersión —un viaje hacia aquello que todavía no tiene forma— para pensar, de manera indisociable, el acto creativo y la comunicación. Ambos aparecen como movimientos pendulares entre un adentro y un afuera; entre la experiencia íntima y aquello que logra ofrecerse transformado.

En su nueva serie de pinturas, Aizicovich atraviesa cuerpos flotantes y contorsionados con una línea de agua que funciona como umbral formal entre superficie y profundidad. Esa línea de flotación no divide dos ámbitos, sino que abre una zona de pasaje donde la corporalidad opera como interfaz entre un mundo interior y otro exterior. En ese sentido, el cuerpo es una vasija; una membrana alquímica que recibe, decanta, metaboliza y finalmente se manifiesta. La instalación escultórica, por su parte, desplaza esa condición individual hacia una dimensión colectiva. Cinco cabezas-vasijas hacen circular el agua en un circuito cerrado. La fuente propone una imagen de la transmisión, aquello que pasa de una generación a otra o de una voz a la siguiente. El agua vuelve visible y audible un flujo normalmente intangible: el de la memoria, los relatos y las formas con las que una comunidad comprende el mundo. Toda herencia es también una forma de metabolismo. La fuente mueve tiempo y la vasija conserva y transforma aquello que vierte.

Al final del recorrido, una cabeza aislada prolonga su boca en una trompeta de la que emerge un globo de vidrio soplado. Si el agua representa el movimiento continuo de la comunicación, el vidrio parece cristalizarlo. El habla adquiere cuerpo al mismo tiempo que pierde fluidez. La pieza lleva así su propia paradoja al límite: hacer visible también puede implicar inmovilizar. La comunicación parece arrastrar una dimensión irreductible de fatalidad. Como un fósil, conserva la huella de una voz que ya no puede seguir transformándose. La obra señala el límite de todo proceso metabólico: aquello que ya no circula deja también de producir nuevas formas.

En la obra de Aizicovich, el interior y el exterior no designan necesariamente posiciones espaciales, sino estados entre los que el cuerpo, la materia y el lenguaje transitan incesantemente. El fondo del agua, el intestino, la cueva o el espacio exterior integran una misma narrativa donde conocer implica atravesar un umbral, sumergirse y regresar. En un movimiento que oscila entre la continuidad de lo heredado y la irrupción de lo inesperado, el acto creativo se revela como una operación alquímica.

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20/08/202618:00hs